País:
Argentina
Región:
La Pampa

Alberto Torroba, un aventurero de los mares
Por Wálter Cazenave
La larga cabellera rubia de Alberto Torroba
contrasta contra el sol poniente de la Pampa; pausadamente sorbe un mate –la infusión
típica de los argentinos—y deja vagar
su mirada sobre el campo de su
propiedad, muy cercano a la zona
de transición en que la llanura
se ondula y da lugar a los
valles boscosos.
El sabe qué hay detrás del horizonte.
En una carabela (fotografía de su archivo personal).
Es que este hombre ha dado la vuelta al mundo en naves poco habituales para ese tipo de travesías. Cuando tenía algomás de treinta años cruzó el océano Pacífico en una canoa de seis metros de largo –el Ave Marina—construida por él mismo en la costa panameña bajo la dirección de un maestro tallador. Esa circunstancia basta para incluirlo en el selecto y nada numeroso grupo de navegantes solitarios más notables de todas las épocas.

Resulta curioso que quien durante la juventud llenó sus ojos de horizontes marinos, viva ahora en medio de la llanura pampeana (un mar de pastos según los descriptores), sencillamente y desdeñando las comodidades modernas, en compañía de su mujer Filipina y de sus hijas. Descendiente de una familia pionera en la colonización de las pampas reconoce que acaso ese afán de aventura que condicionó su juventud tenga como antecedente su abuelo español, llegado a estas tierras a principios del siglo pasado en la más absoluta pobreza, a la que con trabajo trocó en una sólida posición económica que legó a sus descendientes. También recuerda una infancia y juventud nutridas por los filmes de vaqueros y de Tarzán, junto con las buenas historietas argentinas de los años sesenta y setenta.
En el patio de su casa de campo, a 15 km de la ciudad Santa Rosa, capital de la provincia de La Pampa
Pero quizás el germen definitivo de su afán de horizontes haya estado en un artpículo periodístico leído en su adolescencia, en el que se describía la andanza de William Wilys, un norteamericano que con más de sesenta años cruzó varias veces el Pacífico en naves elementales. La primera vez en una balsa de troncos hecha por él mismo y con la sola compañía de un loro y un gato, "algo—dice Torroba— mucho más grande que lo realizado por la Kon Tiki."

Sin embargo su condición de navegante empezó recién muchos años después, luego de vivir unos años en la India y Japón, adonde había llegado en su afán de conocer. La asepsia desnaturalizada de las grandes ciudades orientales lo había sumido en una suerte de hastío espiritual y fue entonces cuando redescubrió el mar. Lo increible es que aprendió a navegar en un velero que habían desechado por viejo en la bahía de Tokyo, guiándose por un manual, dice, de la clase "Aprenda a navegar en quince días". La práctica y una evidente predisposición natural, pulieron sus aptitudes; simultáneamente hubo la lectura de dos libros que resultaron definitivos a su ansias e intereses: "Nosotros los navegantes", de David Lewis, y "Las estrellas viajeras". Con ellos aprendió las técnicas de navegación de los antiguos polinesios, uno de los pueblos de mayor mérito en este rubro, aunque no debidamente conocidos.
Alberto con su esposa filipina e hijas, en un sulky típico del campo argentino.
CONTINUA...

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